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En 1988 FIDES decide preparar a un grupo de personas en el tema de Arte y Deporte Especial, con el fin de generar conciencia alrededor del retardo mental y, además, para generar una red de apoyo más sólida y extensa para las personas Especiales.
En la actualidad en el GIMNASIO MODERNO se reúnen 70 voluntarios de varios colegios de Bogotá, de grados 10 y 11, que preparan a 300 deportistas Especiales. Y aunque su servicio social obligatorio les exige 80 horas como requisito para su grado, la entrega los lleva a trabajar más tiempo del que deben cumplir para su alfabetización obligatoria.
Los deportes que están a su cargo son fútbol por 11 y por 5, atletismo, gimnasia, capoeira, baloncesto y tenis, además del servicio de guardería.
Paralelamente, a los padres de familia de los niños especiales, se les ofrecen conferencias informativas y se les integra en actividades deportivas. Esto se ha convertido en un espacio para socializar, compartir ideas, y fortalecer los lazos entre las familias de los voluntarios y las familias especiales.
En principio se entregó la información a adultos, con el objetivo de convertirlos en multiplicadores y voluntarios, pero más tarde se extendió a población joven, teniendo en cuenta que ellos serían los líderes del mañana, y tendrían la capacidad de cambiar la actitud de más personas frente a la realidad de la personas con retardo mental.
Bajo el visto bueno de Mario Galofre Cano, quien dirigía por esos días el GIMNASIO MODERNO, se da carta blanca a la propuesta de FIDES, convocando a 10 estudiantes que se convirtieron en voluntarios y que acogieron de manera cálida a los primeros 30 deportista que hicieron parte del programa.
Se trataba de alumnos del grado 11 del GIMNASIO MODERNO, quienes a partir del voluntariado con FIDES, cumplían con el servicio social obligatorio que se les exigía para obtener su título de bachilleres.
Al cabo del tiempo, descubrimos que no sólo los niños especiales salían beneficiados con este programa, los voluntarios evidenciaban un impacto positivo en sus vidas, pues esta labor les movía el corazón y concientizaba a sus familias con respecto al tema de la población con retardo mental.
El proyecto creció y se divulgó en el país, 10 años después estaba funcionando en 34 ciudades de Colombia. Este crecimiento se logró gracias a la fundación Saldarriaga Concha, que hizo una donación para permitir el desarrollo del programa.